¿Quién es Jorge Risi?

Nací en la calle Armonía de Montevideo, en un tiempo en que no se estilaba llegar al mundo en hospitales ni clínicas. La casa existe aún hoy y alberga al Instituto Nacional de Cirugía Cardíaca. Bromas que le hace la vida a alguien que desde hace muchos años carga orgullosamente con 4 puentes coronarios.

Una vez, cuando andaba por la mitad del 2° movimiento del 4° Concierto de Mozart, en mi primera actuación solística en el Teatro Solís de Montevideo, me sentí muy feliz. Hasta hoy lo recuerdo perfectamente.

Cuando muchos años después, en México, y en medio de un gran agotamiento, veía abalanzarse sobre mí los peores pasajes del Concierto de Dvorak sin saber quién derrotaría a quién, me sentía muy infeliz.

Conozco el miedo. No me gusta.

Años antes había experimentado algo parecido estrenando el 2° Concierto de Bela Bartok en Montevideo. Cuando vi a Howard Mitchell (por entonces Director de la Sinfónica de Washington) mirarme de reojo unos segundos antes de atacar, me pregunté, furioso conmigo mismo: “…¿pero quién carajo te manda meterte en estos bailes?…”

Claro, salió muy bien, y el ego es una buena lima de la memoria.

Fui muy feliz tocando cuarteto varios años. Una forma musical perfecta, incomparable y a veces dolorosa pero siempre viva de la democracia musical. Disfruté mucho siendo Concertino de varias orquestas en América o Europa, y aprendí que lo que se dice a una fila, aunque esté equivocado, hay que mantenerlo. Una forma necesaria de la no-democracia musical.

Cuando mi amigo Helmut, alemán, a quien había comenzado a dar clases logrando rescatarlo (pensaba)de su profunda depresión se suicidó, aprendí cuán cuidadoso hay que ser con esta delicada materia que manejamos y cala tan profundamente. Aprendí cómo la presión de una sociedad dura, no siempre se puede resistir. Teníamos 23 años.

Leyendo “Hombrecitos” de Louise May Alcott, conocí a Nat, niño pobre y de la calle, que sin embargo fascinaba a sus compañeros de juegos, todos más ricos y bien vestidos que él, tocando el violín subido a un árbol. Es muy probable que Nat haya sido responsable de que 2 o 3 años después venciendo mi enfermiza timidez, me animara a pedir mi primer violín.

También es posible que Nat sea corresponsable, de que bastantes años después, pasara de la página musical de los diarios uruguayos a la vecina página policial, requerido como Tupamaro por las “fuerzas del orden” de mi país. Hoy, a tantos años, y cuando tanto la desclasificación de ciertos archivos de la CIA como la empecinada realidad nos han dado la razón en tantas cosas, no puedo menos que agradecerle a Nat haberse cruzado en mi incipiente carrera de lector y haberme insinuado ciertas responsabilidades sociales.

Mi amigo José Antonio no era un buen violinista. Más bien, era muy mal instrumentista pero un músico apasionado. Eramos muy amigos, íbamos juntos a la playa, y fue uno de mis primeros conejillos de Indias en materia enseñanza. Le transmití por igual cosas muy buenas y cosas muy malas con las que estaba experimentando. Creo que lo ayudé, ya que más adelante hizo una excelente carrera. Pero ahora veo que mucho más me ayudó él a mí. A animarme a inventar, único camino para poder transmitirle algo a alguien.

Durante muchos años me pregunté y no pude responderme, por qué diablos tocaba el violín. Para qué servía. Había tantas cosas más urgentes a mi alrededor! Pero nunca lo abandoné.

Cuando por vueltas de la vida me ví privado de un violín por varios meses, me construí un aparato mudo y aviolinado, en el que estudiaba horas y horas. Sobre aquél adefesio trabajé, y descubrí tantas cosas que he aplicado durante décadas, que no me desagradaría volver a experimentarlo. Tampoco él, sin embargo, me aclaró aquellas dudas. Varios años en diversos divanes (sicoanalíticos o no tanto) tampoco me ayudaron a esclarecer demasiado el punto.

El tiempo me trajo la solución. Y no es transmisible: simplemente me gusta.

Ni que hablar de la docencia.

La actividad más importante del ser humano. Sin la que no existirían las especies.

Creo que la he ejercido bastante bien. Y mucho mejor en estos  últimos años, dicho con total falta de modestia. He sembrado mucho, he cosechado mucho. En estas páginas o en sus recovecos electrónicos, se verá algo de esto. Una biografía tiene demasiadas facetas para encerrarla en una hoja (“hoja de vida”) y prefiero que sea la casualidad, la suma de muchas ideas, la que la complete.

Quizás algo de esto se refleje en lo que me pasó hace algunos meses tocando el Concierto de Brahms.
Como de costumbre mal preparado, sin tiempo, entre clases, cursos, viajes, pago de deudas etc. etc. Y estudiando como un poseído los últimos días. Exactamente lo que no dejo hacer a mis alumnos.

Andaba divirtiéndome por el tercer movimiento e iba saliendo tan pero tan bien (el segundo había sido mi mejor adagio) cuando me empecé a putear a mí mismo, diciéndome “ ….Imbécil, por qué no habrás estudiado más en tu vida! ¿Qué habrías podido alcanzar?…”

Y en un momento de desdoblamiento bastante esquizoide, otra voz me contestó:
“…Imbecil, sí… pero imbécil por no aceptar la realidad.
Lo que cada uno toca en cada momento, es exactamente el resumen, el resultado y el balance de toda su vida hasta ese momento. Negarlo sería simplemente, negar haber vivido como se vivió. Sería una mentira…”
Esto me tranquilizó tanto, que me distraje totalmente de lo que estaba tocando, me perdí, y por primera vez en las muchas que he tocado a mi amado opus 77 navegué sin brújula ante la mirada horrorizada del Director que temía lo peor. Apenas 10 compases estropeados. Una eternidad. Una grabación perdida, y una carcajada interna, quizás del propio Brahms que, curiosamente en español y con auténtico acento uruguayo me decía:

“…boludo, así es la vida…”

Currículum infromal – Recuerdos por Jorge Risi en http://www.jorgerisi.com

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